Óscar Rieveling ilustra nuestras lecturas

En las últimas semanas, en nuestra revista Sada y el bombón, publicamos una serie de artículos sobre la experiencia de leer. «¿Cómo leo? –Las lecturas y sus lectores»: distintas impresiones sobre los vicios y manías de lectura de algunos de nuestros colaboradores.

¿Cómo decidimos qué libro leer? ¿Qué tanto influye el clima, el estado de ánimo, el último libro que leímos? ¿Qué leemos cuando leemos? Seis de nuestros colaboradores respondieron estas y otras preguntas en estos seis artículos.

Para ilustrar cada uno de ellos y agrupar visualmente la serie, le pedimos a Óscar Rieveling una ilustración por artículo. Aunque cada ilustración podría funcionar de forma independiente, entre todas tenían que tener elementos comunes que las unieran; Óscar debía ilustrar seis artículos y, al mismo tiempo, ilustrar una serie.

Este fue el resultado:

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Y aquí las respuestas a una pequeña entrevista que le hicimos:

No quería hacer las ilustraciones de esta serie sobre papel blanco o superficie plana. Quería que se traspasara la literatura o por lo menos algún aspecto literario a la ilustración. Por eso escogí esas hojas; son de un libro de cálculo en ruso que compré en una librería de viejo. Causó mucho revuelo que le arrancara las hojas a un libro para dibujar en él, sobre todo con el librero que me lo vendió.

Me tardé más o menos dos días en cada ilustración. Lo más difícil era tener una idea sobre qué parte del artículo ilustrar. Ya que tenía la idea no había ningún problema; sólo ilustrar la idea, claro.

El artículo que más me costó trabajo fue el de la pulga. No entendí nada del texto. Incluso se lo presté a mi tía que es maestra y tampoco lo inteligió.

Es interesante tomar una idea o un concepto abstracto y poder representarlo visualmente. Ilustro por el reto de poder volver visible una idea.

Miniki

Nuestra biblioteca básica: ¿qué leemos en el taller?


Comenzaré con el final: los autores más leídos –en promedio– en esta oficina son: Bolaño, Nabokov, Pessoa, Cortázar y Saramago. Por ahí, en segundo lugar, tenemos a Baricco, Perec, Ibargüengoitia, Rulfo y Calvino. Tal vez no sean los más leídos: son en los que casi todos coincidimos. ¿Podrá un erudito tomar estos diez nombres, encontrar los adjetivos que los unen y destilar, entonces, nuestra esencia literaria en una palabra? Probablemente no.

En este momento circula la edición otoñal de nuestra revista Sada y el bombón. En sus páginas centrales, hemos insertado el suplemento desprendible «La biblioteca y sus significados» (bajar PDF / leer en Issuu). Sus artículos —y otros relacionados con el tema— se están publicando, uno por semana, en el sitio web de la revista. Llevado por esa idea, el taller decidió entrevistar a sus siete integrantes para ver de qué palabras están hechos, cuál es el centro de su sistema solar, cuáles su planetas, cuáles sus lunas, cometas y meteoros. Los dejo con las 30 preguntas literarias; al final de ellas, relataré la parte metodológica y la inspiración de este ejercicio.

1. Uno que leyó de una sentada.
Seda, de Alessandro Baricco.
El inquilino, de Javier Cercas.
El extranjero, de Albert Camus.
Breve tratado del desencanto, de Nicolás Grimaldi.
Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll.
Y Matarazo no llamó, de Elena Garro. Sigue leyendo

El signo y la imagen

Las últimas dos o tres semanas he estado fascinado con un libro de Michel Tournier: El espejo de las ideas. Lo publica la editorial catalana El Acantilado.

Para decir lo menos, el libro es una joya. Parte de dos ideas fundamentales:

  1. El mundo –o la realidad– puede ser comprendida por un número finito de conceptos-clave. Los filósofos los llaman categorías (Leibniz, por ejemplo, comprendía el mundo en seis categorías: sustancia, cantidad, cualidad, relación, acción y pasión).
  2. Cada una de estas categorías posee un «contrario» complementario (que no contradictorio). Por ejemplo, a Dios se le opone el Diablo; al Ser, la Nada; al alma, el cuerpo; al miedo, la angustia; al tenedor, la cuchara, etcétera.

Michel Tournier hace un breve tratado sobre estas dos ideas. En 230 páginas, reflexiona sobre 54 categorías y sus 54 respectivos contrarios. Breves ensayos de dos o tres páginas sobre, por ejemplo, el agua y el fuego, el toro y el caballo, el sauce y el aliso, la acción y la pasión. El resultado es fascinante: un libro lúcido e imaginativo.

Así pues, rescato aquí una contraposición relevante para nuestro trabajo: el signo y la imagen:

Le digo a mi interlocutor: caballo. No me entiende. Intento con horse, Pferd, cheval. Sigue sin entenderme. Cojo una hoja de papel y escribo esas palabras. Nada. En cuanto a los signos, he llegado al límite de los recursos. Entonces cojo el papel y dibujo un caballo y, para aclararlo más, imito con la boca el ruido de un relincho, de un trote. Al fracasar los signos, recurro así a las imágenes –a la vez visuales (dibujo) y sonoras (ruido). Signo e imagen son las dos grandes vías de comunicación entre los hombres a través del espacio y el tiempo.

Así la imagen presenta una ventaja decisiva sobre el signo: su universalidad. […] Ello habría tenido que provocar desde hace tiempo un rechazo total del signo y una invasión irresistible de las imágenes. […] Sigue leyendo

Mad Men y el taller

Mad Men

A menos que se viva en un riguroso aislamiento de las series televisivas, todo mundo conoce Mad Men: esa serie que ha causado una euforia por regresar a la década de los 60s y, recientemente, ganadora del Emmy a Mejor Serie Dramática del 2011.

Ahora, cuando a uno le preguntan en qué trabaja, el conversador no parece confundirse con palabras como «agencia», «director creativo», «publicidad» y «copy creativo». Gracias a Mad Men, cualquier persona que prenda su televisor tiene, como mínimo, una idea general del funcionamiento de una agencia. Lo malo: en esas conversaciones surgen cosas como «Ah, sí, como lo que hace Peggy» o «Pues yo quiero tu trabajo, todo el día andan tomando».

Pero, ¿es Mad Men un reflejo de una agencia contemporánea? Definamos la pregunta en algo más cercano: ¿es Mad Men un reflejo de Sé, taller de ideas?

En parte sí: tenemos la división de departamentos creativos, el constante chequeo de proyectos entre diseñadores y escritores, el necesario trato con los clientes en cualquier momento, y la lista puede seguir. Todo eso ahí está, renovado y magnificado gracias a la modernidad en la que le tocó estar al taller. Sigue leyendo

La multiplicidad del copy creativo

Como mencioné hace unos meses, la tarea más difícil de un escritor es la de introducirse en la piel de otros.

La voz, el pensamiento y el tono ahí están. Pero para poder transmitirlo efectivamente hay que hundirse en las palabras. Hace falta crear la piel, el personaje que meticulosamente se construye con cada verbo y sinónimo que se utiliza. Nunca será lo mismo decir «es hora de podar el césped» a «voy a cortar el pasto». El primero denota, quizás, a un hombre de mediana edad, maestro en Lenguas Hispanas, que religiosamente se hace cargo de su jardín cada tercer día; esto debido a la maniática preocupación de que descubran el cuerpo de su desaparecida esposa en el suelo de su casa. La segunda expresión, muy probablemente, describa a un padre de familia común, joven, que se dispone a matar el tiempo dominguero con su nueva podadora en la casa a la que se acaban de mudar (que solía ser de un maestro de Lenguas Hispanas); y así comienzan las historias.

En la publicidad, la idea de «introducirse en la piel» se aplica a la hora de crear la imagen de una marca, al hacer un artículo, al sacarse de la nada un slogan o cuando se vomitan párrafos de un texto secundario. Es decir, hay que transformarse en el consumidor (en el que leerá las oraciones) para que se sienta identificado y la comunicación tenga resultado. Hay que convertirse en el mercado meta; los copy creativos como una representación literal del producto. Sigue leyendo

Carta a un estudiante en una agencia de publicidad

Entras, te sientas, más callado que una monja y con las piernas temblando. De esos momentos en que los músculos se contraen para disimular el temblor de tu esqueleto, el nerviosismo natural. Te sientas en lo que parece ser tu escritorio y empieza a sonar The XX. Abres la computadora en espera del primer «encargo» y a la vez tu mirada empieza a juguetear a tu alrededor: el taller es como lo imaginaste. La sutil madera, los muebles, el piso, las lámparas; todo se conjuga en un ambiente minimal e ideal para la creatividad: el cliché estético. Luego, ¿Beirut? Parece ser que tus listas de reproducción las han robado. Las escuchas cuando caminas, cuando te acuestas en el sofá, cuando la fiesta llega a su quinta copa; nunca en el trabajo.

Comienzas a escribir, a ver la pared en blanco esperando que te llegue una idea hecha nombre, slogan, un anuncio o un artículo. Mientras, en lo que llega, tus tenis se mueven al compás de un jazz. Te llevas las manos al cuello y confirmas: no hay corbata. No hay nada «de vestir» que te de el tradicional pinchazo en la piel. Se eliminaron los trajes, los maletines o barroquismos. Sigue leyendo