El proceso del diseño o el diseño del proceso

© Louise Campbell

Success is a consequence, not a goal.
C. Aprea

Hace unos años, mi proceso de diseño iniciaba con una petición (generalmente vaga, confusa o incompleta), un papel y un lápiz. Terminaba el diseño con un archivo para la imprenta y, en el mejor de los casos, con una hoja de especificaciones —algo vaga, también— para el impresor. Si el proceso creativo abarcaba once pasos (del cero al diez), yo sólo me involucraba en dos o tres pasos (del cuarto al sexto, digamos).

Hoy, la historia es muy distinta. Me he dado cuenta que el diseño no es sólo lo gráfico sino todo el proceso completo, desde diseñar bien la petición hasta el calendario de entrega y distribución de manera oportuna.

Mis diseños normalmente comienzan por un extremo (el paso cero): un brief que yo hago, y de ahí saltan al otro extremo (el paso diez): el lector o usuario final poniendo el diseño a prueba: usándolo, leyéndolo. Con esos dos extremos resueltos o bien delimitados, voy entonces rodeando al diseño gráfico para llegar a él hasta el final:

Resuelvo al lector, el tipo de exposición, los valores de la marca que deben resaltar, la manera en que quiero que use el material y los lugares y tiempos de distribución; en consecuencia, se definen casi solos: el tamaño, el formato, las sensaciones gráficas y las texturas que van con ese lector / mensaje / distribución. Lo anterior determina el tiraje, y este, el método de impresión. Con todo eso listo, el número de páginas resultará lógico; también la relación entre imagen y texto, el tipo de texto, el look & feel, la paleta de color, etc. Tengo ya un esqueleto de trabajo que funciona perfectamente, no sólo para mí sino para quien lo estoy haciendo.

Queda por hacer una edición de imágenes y una comanda de información (con características bien específicas) para generar el cuerpo del mensaje. Un esquema gráfico comienza a aparecer por sí solo en donde antes no había nada.

Hasta aquí no he trazado todavía ninguna línea o diseñado —gráficamente— nada.

Con todo lo anterior (tipo de papel, tamaño, textos finales, imágenes, etc.), el layout se desprende y cae por gravedad. El diseño gráfico del material resulta, pues, un placer: es como sentarse a comer una estupenda comida que se ha preparado con los mejores ingredientes y precisión.

(Esta observación puede complementarse o contrastarse con esta otra de Fogwill, quien también debate un proceso de diseño: el literario.)

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