Sada y el bombón o la gracia de tener algo propio


Para bien o para mal, trabajar en una agencia de diseño y publicidad significa ser un intermediario; somos meros proveedores, ofrecemos servicios a quien nos lo pide. A veces logramos ofrecer muy buenos servicios, pero aún así seguimos siendo meros proveedores.

El producto final que promocionamos nunca depende enteramente de nosotros. Le podemos encontrar el mejor atributo a cierto producto, sacarle una foto linda, redactar algo sugerente, diseñar algo atractivo y generar un discurso para que el trabajo se replique en otras áreas, pero hasta ahí; podemos generar valor, pero no podemos cambiar las características intrínsecas del producto. Y cuando nos piden trabajar sobre un servicio, pues peor; podemos darlo a conocer, pero nunca ser la persona que da el servicio.

Y eso está muy bien, por lo menos para mí, pues trabajar sólo en una parte del proceso ayuda a controlar mis obsesiones y mi carácter aprensivo. Respondo únicamente por lo que hago; por salud mental, me dejo de preocupar por lo demás.

Sin embargo, parece que aquí en el taller tendemos a la enfermedad mental. Y me parece que de esa tendencia nace Sada y el bombón.

Inventarnos un producto de la nada, pensarlo, discutirlo, desarrollarlo. Crear una revista, definirla, redactarla, diseñarla, venderla, imprimirla, distribuirla. Trabajar todos los días en un proyecto en donde somos responsables de absolutamente todo.

Sí, quizá no controlamos la creatividad de un anunciante o la calidad de un impresor, pero sí controlamos al anunciante y al impresor: si no nos gusta uno, lo quitamos y buscamos a alguien más.

Al inicio de este año –quizá previendo que gran parte de nuestros proyectos iban a estar controlados por una política de Estado: el mentado Bicentenario–, comenzamos a necesitar de un producto independiente que fuera controlado por nosotros. Así nació este blog. Pasaron unos meses y el blog incrementó el deseo de crear algo un poco más complejo. Así nació Sada y el bombón.

A primera vista parece una revista, pero en realidad Sada y el bombón es un problema: tenemos que pensar en contenidos, investigar, redactar, desechar la mayor parte de las redacciones, diseñar, editar, conseguir fotografías, mandar muchísimos correos, programar un sitio web sin saber muy bien cómo, hacer citas con posibles anunciantes, aguantar las negativas, supervisar la impresión, distribuir personalmente los cinco mil ejemplares, mandar algunos correos más y, cuando pensamos que ya terminamos, comenzar con el siguiente número; es decir, nos inventamos un problemón.

Lo parte curiosa es que este nuevo problema nos gusta, y nos gusta mucho, pues son este tipo de problemas los que paradójicamente nos solucionan la vida laboral.

Todo el mundo –como diría Álvaro Enrigue– tiene derecho a su enfermedad mental, a su mal humor, a su cursilería. No creo que Sada y el bombón sea del todo cursi o malhumorada, pero de lo que sí estoy seguro es que representa el lado más comercial de nuestra enfermedad mental. En otras palabras, editar Sada y el bombón es mi sesión con el psicoanalista. Lectores: pasen a cobrar las sesiones que les debo.

2 pensamientos en “Sada y el bombón o la gracia de tener algo propio

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